Historia de un pueblo imaginario

Villaleal era un pueblo entre las montañas, como tantos otros de esos lugares desperdigados por el mapa que nadie conoce y a los que se llega por casualidad. Rodeado por tierras en tonos verdes y ocres, tan desnudas en invierno y exuberantes en primavera, con esos almendros en flor, que podían competir en número con los olivos, pero nunca en belleza.

A pesar de que era un pueblo pequeño, tenía un alcalde, con su selecto séquito de embaucadores tergiversadores de la verdad y encubridores del mal. Había incluso algún policía que patrullaba las calles cuando todo estaba en orden y se evaporaba cuando hacía falta.

Como era normal, las gentes del común, poca o ninguna confianza tenían en estos seres de camisa blanca y promesa barata, cuyos oídos tan solo escuchaban las quejas cuando las elecciones estaban cerca. Después del recuento de votos, la celebración de la victoria y el reconocimiento de la derrota, los hombres con corbata desintonizaban su radar de quejas y tomaban decisiones que beneficiaban a unos pocos y afectaban a la mayoría. Por eso era bastante normal que muchas veces, los hombres se tomasen la justicia por su mano.

Como todo pueblo de la España profunda, el deporte nacional era el chismorreo. La cultura del rumor infundado y la crítica barata se podía encontrar en cualquier esquina; ya fuera una panadería, el pasillo de un supermercado, una peluquería o una cafetería, donde cada mañana, las asiduas madres de lengua viperina del club del colesterol y el café con leche, acudían a destripar  la dignidad de alguien. Cualquier lugar era bueno para arponear reputaciones.

Algunos querían huir, otros ya se habían acostumbrado. Unos habían aprendido a vivir con la presencia de esos espíritus vacíos que se llenaban con crítica barata, pero otros no lo hacían y lo odiaban, ¡pero a la vez lo amaban!, porque podían escuchar las burlas y los ataques y sentían placer si el objetivo no eran ellos; si participaban en el festín y se repartían los trozos de la última víctima.

Así era Villaleal; tan odiado como amado, tan cercano como lejano, tan lleno de corazones llenos como atestado de corazones pobres. Todas las mañanas, sus leales habitantes se levantaban sabiendo a qué bando pertenecían. Y por las noches se acostaban, con remordimientos por haberse traicionado o felices de haber seguido inmunes, porque unos criticaban, y otros eran felices.

Agosto angosto.

Parece que fue ayer cuando los primeros anuncios de cerveza nos pintaban lo perfecto que podría llegar a ser el verano, las piscinas abrían sus puertas y los primeros turistas clavaban sus sombrillas en las playas levantinas como si quisieran evocar a Pizarro en el continente americano, quinientos años atrás. Terracitas llenas, guiris de sandalias con calcetines blancos, gafas polarizadas, mojitos en bañador y fotos en todas las redes sociales.

Si te gusta todo lo anterior, probablemente te eches las manos a la cabeza cuando veas que tan sólo quedan siete días de postureo veraniego. Dentro de una semana, arrancaremos la última hoja de agosto en el calendario y al ver la palabra “septiembre”, un escalofrío nos recorrerá el cuerpo, el subconsciente se nos inundará de anuncios de la vuelta al cole del Corte Inglés y pensaremos “adiós verano”.

Yo también me estremezco cuando llega septiembre. Pero no por sentir pena de que acabe el verano, sino porque para mi, como para muchos otros, el año no empieza en enero, sino en septiembre. Nuevos proyectos, nuevos objetivos, nuevas ilusiones, nuevos lugares, gente nueva. Cuando era pequeña, septiembre olía a libros nuevos. Ahora ya no hay libros, pero vuelve a haber rutinas con sus horarios, esos que tanto aborrecemos a veces pero que otras, agradecemos. A veces queremos orden, aunque sólo sea un poco.

Lo que sí que no ha cambiado ha sido ese fresco por las mañanas que nos obliga a taparnos con la sábana que tanto hemos repudiado durante las calurosas noches de verano. Septiembre es empezar a ponerte una chaqueta, y echarla de menos si se te olvida llevarla. Septiembre es volver a algún lugar y proponerte que lo vas a hacer mejor que antes, mientras cierras los ojos intentando no pensar durante cuánto tiempo mantendrás esa promesa, porque sabes que la acabarás rompiendo y volverás a las andadas, a dejar todo para el  último día, a desear que vuelva el verano para romper la rutina que tanto habías echado de menos, para salir de casa y sentarte en una terraza, ponerte las sandalias y conquistar la playa.