Agosto angosto.

Parece que fue ayer cuando los primeros anuncios de cerveza nos pintaban lo perfecto que podría llegar a ser el verano, las piscinas abrían sus puertas y los primeros turistas clavaban sus sombrillas en las playas levantinas como si quisieran evocar a Pizarro en el continente americano, quinientos años atrás. Terracitas llenas, guiris de sandalias con calcetines blancos, gafas polarizadas, mojitos en bañador y fotos en todas las redes sociales.

Si te gusta todo lo anterior, probablemente te eches las manos a la cabeza cuando veas que tan sólo quedan siete días de postureo veraniego. Dentro de una semana, arrancaremos la última hoja de agosto en el calendario y al ver la palabra “septiembre”, un escalofrío nos recorrerá el cuerpo, el subconsciente se nos inundará de anuncios de la vuelta al cole del Corte Inglés y pensaremos “adiós verano”.

Yo también me estremezco cuando llega septiembre. Pero no por sentir pena de que acabe el verano, sino porque para mi, como para muchos otros, el año no empieza en enero, sino en septiembre. Nuevos proyectos, nuevos objetivos, nuevas ilusiones, nuevos lugares, gente nueva. Cuando era pequeña, septiembre olía a libros nuevos. Ahora ya no hay libros, pero vuelve a haber rutinas con sus horarios, esos que tanto aborrecemos a veces pero que otras, agradecemos. A veces queremos orden, aunque sólo sea un poco.

Lo que sí que no ha cambiado ha sido ese fresco por las mañanas que nos obliga a taparnos con la sábana que tanto hemos repudiado durante las calurosas noches de verano. Septiembre es empezar a ponerte una chaqueta, y echarla de menos si se te olvida llevarla. Septiembre es volver a algún lugar y proponerte que lo vas a hacer mejor que antes, mientras cierras los ojos intentando no pensar durante cuánto tiempo mantendrás esa promesa, porque sabes que la acabarás rompiendo y volverás a las andadas, a dejar todo para el  último día, a desear que vuelva el verano para romper la rutina que tanto habías echado de menos, para salir de casa y sentarte en una terraza, ponerte las sandalias y conquistar la playa.

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