Cosas que irritan.

La gente suele hacer listas para todo. Listas de la compra, listas de cosas que quiere hacer antes de morirse, listas de canciones favoritas, listas de películas que quieren ver… listas. Pero, ¿y de cosas irritantes? Como nunca he hecho ninguna, voy a hacer una. Mi lista de cosas que me irritan.

  • En primer lugar, en mi lista de cosas que me irritan tiene que estar, como no, podía ser de otra forma, las típicas frases relacionadas con mi altura. La gente que mida más de 1,80 me entenderá. En 24 años da tiempo a escuchar muchas veces este tipo de coletillas, pero no a contarlas. Cuando te las sueltan, no tienes más remedio que sonreír. “¿Juegas al baloncesto?”, como si por ser alto ya tuvieras la capacidad innata de ser un as de este deporte. O la de: “madre mía, a ti de pequeña te daban dos, eh!”. “Sí, dos ostias que te voy a dar como me digas lo de los petit suisse tú también, que nunca me lo han dicho”. Pero claro, esto no lo puedes soltar, porque si no eres una borde. Luego están los simpáticos que te dicen: “¿cómo está el tiempo por ahí arriba?” Ja ja já, qué ingenioso, por favor. O los amigos que cuando pasas debajo de un puente te dicen: “Sara, cuidado!” . Esa va por ti, Félix.
  • La gente que se cree que te sabes TODOS los acontecimientos que han ocurrido a lo largo de la historia en todos los rincones del universo sólo por el hecho de que has estudiado la carrera de historia. “¿ah sí, estudiaste historia? A ver… ¿qué pasó en 1546?” Y ya, cuando te cansas de repetir que la historia no sólo es el cuándo, respondes lo primero que se te pasa por la cabeza, como por ejemplo: “pues que Colón hizo su cuarto viaje a las Indias”. Y se lo creen, aunque sea mentira, porque quien te lo ha preguntado es tan listete que ni siquiera sabe lo que pasó y se lo va a creer porque tienes un diploma de la universidad que dice que has estudiado.
  • Los veganos que piden tolerancia pero te critican con cara de asco cuando te llevas un trozo de carne a la boca, te dicen los niveles de mercurio que lleva el atún y llenan su muro de facebook con videos sobre lo malos que somos los que no comemos comida ecológica. Sois muy cansinos, en serio. Qué estomagantes sois. A lo mejor me muero antes que ellos, pero por lo menos disfruto. Si queréis respeto, respetad también vosotros.
  • Los besos en Nochevieja. Quizá sea por el alcohol, por la ilusión de empezar un nuevo año o porque la gente se piensa que va a ser “la fin del mundo” esa noche, pero el último día del año algo pasa; la gente está tan excesivamente simpática y te sueltan tanto beso que se te queda la cara como si te la hubieran barnizao. A ver qué necesidad hay de tanto beso.
  • La gente que ronca y lo niega. Ya sean tus padres, tus amigos o el rollete de turno, si dices la frase “anoche roncaste”, puede que rueden cabezas. De repente, te revuelven la cabeza como si hubieses dicho la mayor aberración de la historia: “¿¿¿YO???? MENTIRA!!!!”. Que tú dices: “A ver… te escuché yo, los vecinos y las paredes temblaban”. Pues no, para nada, no te atrevas a decir eso. O como mucho te responden: “Yo no ronco, respiro fuerte”. Miá si volárais.
  • Los de las compañías de teléfonos. Mierdestar, Cacafone o la que sea. Los operadores y su capacidad de llamar en los momentos más oportunos. Bueno, reconozco que ya no me irritan tanto, ahora incluso me lo paso bien. Si queréis unos consejos sobre qué hacer cuando os llaman os daré algunos: os podéis poner a imitar animales de granja, podéis hablar en un idioma inventado o repetir cada frase que dice la operadora.

En fin… en el día a día hay muchas más cosas que ponen a prueba nuestra paciencia: el papel film, los abrefáciles que no son fáciles de abrir, la gente que te dice “¡cuidao!” cuando ya estás en el suelo, la gente alcahueta que te da consejos sobre cómo tienes que vivir tu propia vida… puede que digáis que hay muchas cosas que me irritan, pero si intentáis contar las cosas que os irritan a vosotros, os sorprenderíais. Puede que incluso yo sea irritante para algunas personas. Pero sin esas cosas que nos molestan… ¿qué sería de nuestra vida? Igual que hay pequeños placeres (como arrancar la punta del pan cuando sales de la panadería o el primer trago de agua cuando vienes de correr), también tiene que haber pequeños gestos que nos irriten. Si no estuvieran, incluso los echaríamos de menos, ¿de qué nos quejaríamos entonces? ¡Con lo que nos gusta a las personas quejarnos de las cosas! No todo lo que hay en nuestra vida nos va a gustar, y quien diga que nada le irrita y todo le viene bien, miente como un bellaco. Podemos poner de nuestra parte para solucionar lo que dependa de nosotros mismos, pero lo que no, puede ser incluso gracioso, a pesar de ser irritante.

En septiembre, despedidas.

Las fiestas patronales de los pueblos se inventaron para agradecer las buenas cosechas y todas esas historias, como un paréntesis al duro año de trabajo de los jornaleros en el campo. Las gentes de los pueblos bailaban mientras una orquesta tocaba un pasodoble, bebían paloma bajo las lucecicas de la plaza y los muchachos cortejaban a las mozas del pueblo, que se ruborizaban en cuanto recibían el piropo más inocente y por las mañanas se madrugaba para ir a ver el toro. Hoy en día, ya no hay tantos jornaleros que vivan del campo, los pasodobles mueren a medianoche dando paso a versiones de Extremoduro coreadas hasta romper gargantas y los piropos inocentes se han perdido. Todo ha evolucionado. Hoy, las fiestas se han convertido en exhibiciones etílicas donde los excesos hacen que el objetivo primordial sea sobrevivir. Aunque sigue habiendo toros, por la mañana un pasacalles y a la hora del almuerzo se huele a chuletas. No todo ha muerto.

En mi pueblo, este tipo de fiestas caen a mitad de septiembre, lo que significa dos cosas;  que la primera mitad del mes sea ilusión y la segunda: tristeza, despedidas, vuelta a la normalidad. Las fiestas llegan, las disfrutas y se terminan, y cuando llega el día 20 o 21, tienes que despedirte de la gente con la que has compartido esa semana de desfases, verbenas y reuniones hasta las tantas. Cada uno se aleja por un camino, y los veas antes o después, el abrazo de despedida será igual de amargo. Porque si compartiste con ellos una sonrisa sincera, compartieron una parte de tu corazón. Las fotos impedirán que te olvides de todo, pero lo que no podrán hacer será traer de vuelta los acordes de guitarra que tocaba Helen en esa peña que se nos cae a pedazos, el juego de la palmera, la genialidad de Lena y su vaso de la muerte, los cardenales que nos hicimos haciendo la croqueta por los cuestarrones, los retortijones que nos produjeron los mojitos, las comidas a las tantas, las caras de susto cuando alguno tiraba un petardo sin avisar, sobre todo la de pánico de Anja, (nueva adquisición de este año que esperamos que repita), los paseos por la feria y la putivuelta por entre el barullo de la verbena, para estremecernos al ver al amor platónico de turno.

La gente de aquí siempre dice que cuando acaban las fiestas, llega el invierno. Los días más cortos y las calles más vacías. Los cielos más grises y las noches más frescas. Los abrazos de despedida, las caras de pena, la vuelta a la calma. Los últimos días de septiembre no se puede decir “adiós”, se dice “hasta pronto”. Unos se ponen tristes recordando lo que pasó y echando de menos lo que no ocurrió y otros se ponen felices, porque vuelve a quedar menos para las fiestas del año siguiente, para celebrar que volveremos a estar juntos, tendremos un baile en cada verbena, una cerveza en la mano y todos los días serán fiesta.

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Los domingos y las películas de sobremesa

¿Hay algo más patético que las películas de sobremesa? Esas que empiezan después de las noticias, que casualmente casi todas son basadas en hechos reales. Lo primero que nos llama la atención son los títulos, horriblemente mal traducidos. Si su título original es “Murder in the dark” (por poner un ejemplo), la pueden traducir perfectamente como “La escalera de caracol”, que te quedas pensando… ¿quién hace esto? ¿es un robot?, ¿un mono oligofrénico? Nadie lo sabe.

Después está la trama. La historia es siempre la misma: asesinatos, infidelidades, herencias, secuestros, excursiones que terminan en tragedia… Si tiene un poco de todo, mucho mejor. Luego están esas que van sobre niños intercambiados en el hospital al nacer cuyos padres se enteran cuando los críos ya tienen 11 o 12 años, y después de demandar al hospital, se encuentran en la tesitura de si cambiar a los hijos o no. Pero claro, los padres ya tienen una vida entera con los chiquillos y se han tragado un montón de partidos de béisbol, y al final no los cambian.

Por muy absurda que sea la trama, lo que suele ocurrir muchas veces es que llega un momento de la película, justo ese en el que estás con los ojos entornados a punto de entrar en el sueño más profundo y confortable de tu vida, en el que pasa algo que te pone en tensión y te ves obligado a abrir un ojo, (sólo para ver lo que pasa), y sigues con el ojo cerrado mientras el asesino está aparcando el coche enfrente del porche (siempre hay un porche con puertas de madera blanca medio esportilladas, con una mosquitera llena de mierda) para entrar a la guarida donde tiene secuestrada a la joven a la que va a matar, que está a punto de liberarse de las cuerdas pero es más torpe que Eduardo Manostijeras con una pandereta y tú lo pasas mal de ver que la van a matar por lo pava y gansurrona que es. Además, la música de tensión y drama que le ponen a esas escenas está pensada para que ponga en alerta todas tus neuronas – las pocas que puedas tener funcionando cuando estás medio durmiendo, medio despierto – aunque también puede pasar que estés sufriendo una de las mayores resacas de tu vida – un domingo por la tarde puede pasar, perfectamente – y no abras los ojos en ningún momento, aunque esté sonando la Cabalgata de las Valkirias a toda ostia o un camión se estampe contra tu casa.

Nadie te dirá que le gusten esas películas, pero paradójicamente, todo el mundo tiene puesto ese canal, porque un domingo por la tarde sin una película de sobremesa no es un domingo. Llamadme costumbrista, pero para mi, el último día de la semana tiene que ser de paella en casa con la familia, siesta y película de sobremesa, esas que sabes perfectamente cómo acaban y que probablemente nadie ve, porque todos nos quedamos durmiendo en algún momento de la película. Porque te relajan. Te sientes bien escuchando de fondo esas historias aburridas que nunca ganaron ningún Oscar, porque son la banda sonora oficial de las siestas en invierno, esas con frío y manta. Y si le añadimos el sonido de la lluvia de fondo, como hoy, eso ya es otro nivel. El domingo es el día oficial de la nostalgia, del apotronamiento universal, y las películas de sobremesa probablemente contribuyan a hacerlo más tedioso y aburrido pero aún así, saben a sofá y huelen a manta, a familia, a siesta, a casa.