En septiembre, despedidas.

Las fiestas patronales de los pueblos se inventaron para agradecer las buenas cosechas y todas esas historias, como un paréntesis al duro año de trabajo de los jornaleros en el campo. Las gentes de los pueblos bailaban mientras una orquesta tocaba un pasodoble, bebían paloma bajo las lucecicas de la plaza y los muchachos cortejaban a las mozas del pueblo, que se ruborizaban en cuanto recibían el piropo más inocente y por las mañanas se madrugaba para ir a ver el toro. Hoy en día, ya no hay tantos jornaleros que vivan del campo, los pasodobles mueren a medianoche dando paso a versiones de Extremoduro coreadas hasta romper gargantas y los piropos inocentes se han perdido. Todo ha evolucionado. Hoy, las fiestas se han convertido en exhibiciones etílicas donde los excesos hacen que el objetivo primordial sea sobrevivir. Aunque sigue habiendo toros, por la mañana un pasacalles y a la hora del almuerzo se huele a chuletas. No todo ha muerto.

En mi pueblo, este tipo de fiestas caen a mitad de septiembre, lo que significa dos cosas;  que la primera mitad del mes sea ilusión y la segunda: tristeza, despedidas, vuelta a la normalidad. Las fiestas llegan, las disfrutas y se terminan, y cuando llega el día 20 o 21, tienes que despedirte de la gente con la que has compartido esa semana de desfases, verbenas y reuniones hasta las tantas. Cada uno se aleja por un camino, y los veas antes o después, el abrazo de despedida será igual de amargo. Porque si compartiste con ellos una sonrisa sincera, compartieron una parte de tu corazón. Las fotos impedirán que te olvides de todo, pero lo que no podrán hacer será traer de vuelta los acordes de guitarra que tocaba Helen en esa peña que se nos cae a pedazos, el juego de la palmera, la genialidad de Lena y su vaso de la muerte, los cardenales que nos hicimos haciendo la croqueta por los cuestarrones, los retortijones que nos produjeron los mojitos, las comidas a las tantas, las caras de susto cuando alguno tiraba un petardo sin avisar, sobre todo la de pánico de Anja, (nueva adquisición de este año que esperamos que repita), los paseos por la feria y la putivuelta por entre el barullo de la verbena, para estremecernos al ver al amor platónico de turno.

La gente de aquí siempre dice que cuando acaban las fiestas, llega el invierno. Los días más cortos y las calles más vacías. Los cielos más grises y las noches más frescas. Los abrazos de despedida, las caras de pena, la vuelta a la calma. Los últimos días de septiembre no se puede decir “adiós”, se dice “hasta pronto”. Unos se ponen tristes recordando lo que pasó y echando de menos lo que no ocurrió y otros se ponen felices, porque vuelve a quedar menos para las fiestas del año siguiente, para celebrar que volveremos a estar juntos, tendremos un baile en cada verbena, una cerveza en la mano y todos los días serán fiesta.

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