El Black Friday y otras ameritontadas.

Últimamente se ha puesto muy de moda celebrar las mismas cosas que en el país de las hamburguesas, aunque no tengamos ni idea de porqué ni cómo se celebran. Así que ahora Papá Noel viene todos los 25 de diciembre, nuestras calles se llenan de brujas y zombies en Halloween y ahora nos hemos apuntado a eso del Black Friday (“Viernes Negro”. Lo sé, queda mejor en inglés porque en español parece una tragedia de las páginas de historia).

El Black Friday, en Norteamérica es el día después de Acción de Gracias (Thanksgiving Day). Y ¿qué es el Día de Acción de Gracias? Hoy día es uno de los días más importantes del año para los estadounidenses; todos hemos visto en las películas cómo se reúnen las familias y cenan un pavo asado que parece que lo han modificado genéticamente para tener ese monstruoso tamaño, pero ¿qué celebran éste día? Para saberlo debemos remontarnos hasta el siglo XVII, con la llegada de los primeros colonos ingleses a territorio americano. En 1620, el Mayflower, un barco cargado de peregrinos ingleses llegó a Plymouth (Massachusetts). Los recién llegados venían con la esperanza de obtener riquezas, con el ansia de libertad y la creación de una nueva sociedad en el nuevo mundo a imagen y semejanza de la utopía de Tomás Moro. Escapaban de las injusticias sociales y la intolerancia religiosa (angelicos… si aquellos soñadores vieran su proyecto hoy en día).

Aquel primer año fue bastante duro. Por suerte, los ingleses recibieron la ayuda de los nativos de la zona, que les enseñaron a cazar y compartieron sus conocimientos sobre las cosechas del lugar. Al año siguiente, para celebrar que habían logrado sobrevivir aquel arduo invierno y como agradecimiento a los nativos, los peregrinos ingleses organizaron un gran festejo que duró varios días (luego a los colonos les entraría el ansia de expansionarse y empezarían a matar a los nativos como si no hubiera mañana, pero eso ya es otra historia). Aquel sería el Primer Día de Acción de Gracias, aunque la festividad no se hizo oficial hasta más de un siglo más tarde, durante la presidencia de George Washington, uno de los padres de la Constitución Norteamericana.

Pues el Black Friday es el día siguiente de Acción de Gracias, día que inaugura oficialmente la Navidad y por consiguiente, el período de compras navideña. Y como en España, los centros comerciales han visto que pueden sacar tajada de todo esto, pues han considerado buena idea importar una tradición más que no tiene que ver lo más mínimo ni con nosotros, ni con nuestro pasado ni con nuestras costumbres, pero sirve como excusa para gastar dinero. Que hay que abrirse y ponerse el contacto con todas las culturas y todas esas historias que nos permite la globalización, pero que lo mismo también podíamos dejar de importar fiestas y exportar cerebros. No sé, posiblemente nos iría mejor.

"Freedom From Want" (Norman Rockwell, 1943)

Cosas de madres.

Sobre ellas se podrían escribir ríos de tinta, un universo de libros y un trillón de anécdotas. Pero yo he decidido resumir los puntos en un análisis que a mi juicio, me parecen más fascinantes, por ser características compartidas por muchas madres. No es que sea un estudio de esos que hacen en la Universidad de Wichita, que ahora está muy de moda decir que lo que dices es verdad porque lo ha dicho una universidad de Estados Unidos, pero bueno, también es válido.

  • No hay madre comunista con respecto a sus hijos. Somos propiedad suya. Esto es así y no podemos hacer nada por cambiarlo. En algunos casos, cuando hablan con otras madres, dicen tu nombre siempre precedido por el pronombre “Mi”. (por ejemplo: “Pues mi Sara no viene este fin de semana”, “se lo tengo que preguntar a mi Alejandro”).
  • Los interrogatorios del CSI se quedan en mantilla en comparación con el tercer grado al que te someten cuando vas a salir. Este tipo de actitud lo explotan durante la adolescencia, pero os aseguro que con 24 años, también te las hacen: “¿Vas a salir?” (aunque te vean vestida, poniéndote el abrigo y abriendo la puerta). “¿Con quién sales?” (te dan ganas de responder que con terroristas, pero te aguantas la tentación de ser una borde), “¿dónde vais a ir?” , “¿Llevas las llaves?”, “¿Cuándo vas a venir?”, “¿porqué en la Luna hay menor gravedad?”, “¿a qué huelen las nubes?” En definitiva, un millón de preguntas que ni Carlos Sobera en el 50×15, y llega un momento en el que te agobias, te dan ganas de abrir la puerta y gritar: “ME ACOJO A LA QUINTA ENMIENDA!” y salir corriendo.
  • Se toman como algo personal que no te acabes el plato de comida. Aunque hayas comido como si fuera tu último día en la tierra. Si no quieres tener problemas, más vale que rebañes el plato, porque como te dejes una mísera patata… ellas se limitan a entornar los ojos, te miran de reojo y dicen con retintín: “tanto decirme: tengo ganas de lomo relleno y te dejas la mitad del plato…” Porque por si no lo sabíais, el retintín es un recurso lingüístico que nos enseñan subconscientemente las madres. En él se combinan de forma magistral la ironía, el sarcasmo y el enfado. El retintín, esas sutiles pullas que se lanzan para intentar decir que estás cabreado sin decirlo directamente y hacer sentir culpable a la otra persona. Se pueden escribir tesis doctorales sobre esto.
  • Cuando sales del pueblo, ya sea a estudiar o trabajar y vives en un piso, te cargan de tuppers de comida porque “a saber lo que comer por ahí!”. A lo mejor piensan que donde vamos a estudiar no existen los supermercados, o que cuando vayas a hacerte un huevo frito al encender el fuego explote la cocina, o yo que sé qué cosas se les pasarán a las pobres mujeres por la cabeza. Ah, y cuando vuelvas, más te vale que traigas los tuppers. No entiendo muy bien esa obsesión por estos recipientes de plástico, pero puede llegar a ser enfermiza.
  • No se fían de las fundas nórdicas. Cuando vuelves al pueblo te encuentras tu cama con tus cuatro o cinco mantas y sus sábanas de franela y antes de irte a dormir te despides de toda tu familia por si no vuelves a despertar y tu cama se convierte en tu tumba. Porque no hay cuerpo humano que soporte esos siete kilos de mantas.
  • Los cómics de Marvel están inspirados en ellas. Tienen superpoderes, como el de encontrar las cosas que llevas tres horas buscando. Pero también tienen muy desarrollados los sentidos. Sobre todo el del oído. Es escuchar el crepitar de un vaso haciéndose añicos en el suelo, que de repente se hace un silencio y se escucha un grito a lo lejos: “QUÉ HA SÍO ESO?!?”. A mi por ejemplo me pasa mucho con el mando de la televisión. Hay una conspiración del universo para que siempre se me caiga el mando. Y no creáis que se cae al suelo y ya está. El mando de la tele es uno de esos aparatos malignos que cuando se cae hace un ruido del copón; se le salen las pilas, una acaba debajo del sillón y otra a algún rincón inaccesible del salón debajo de algún mueble. Y entonces, lo escuchas. Esa dulce voz en grito, ese estufido cabreado de madre.
  • Ya que hablamos de mandos, también es espectacular la doble capacidad que tienen de dormir y a la vez, controlar el canal de televisión que hay puesto. Puedes lograr arrebatarles el mando, pero una vez pulsas el botón y cambias de canal, estás perdido.
  • Nunca te van a ver feo, ni gordo. Siempre vas guapo. Aunque lleves puesto un chándal de los que te pones para ir a coger oliva, con lamparones de pintura, ¡qué más da!.

¡En fin! A su manera, todas las madres se parecen, pero cada una es un mundo. Nunca sabremos cómo son capaces de hacer la tortilla de patatas mejor que nadie y siempre nos gustará que nos cuiden cuando nos ponemos malos. Tengamos 15, 25 o 40 años. Por muy independientes que seamos. Porque ha sido la que más años te ha aguantado, la que más problemas ha tenido que solucionar por ti y la que más te quiere, aunque seas un desastre. Y porque madre… ¡sólo hay una!

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Tequila, sin destilar.

“Las cosas más importantes son siempre las más difíciles de contar. Son cosas de las que uno se avergüenza, porque las palabras las degradan. Al formular de manera verbal algo que mentalmente nos parecía ilimitado, lo reducimos a tamaño natural. Claro que eso no es todo, ¿verdad? Todo aquello que consideramos más importante está siempre demasiado cerca de nuestros sentimientos y deseos más recónditos, como marcas hacia un tesoro que los enemigos ansiaran robarnos. Y a veces hacemos revelaciones de este tipo y nos encontramos con la mirada extrañada de la gente que no entiende en absoluto lo que hemos contado, ni porqué nos puede parecer tan importante como para que casi se nos quiebre la voz al contarlo. Creo que eso es precisamente lo peor. Que el secreto lo siga siendo, no por falta de un narrador, sino por falta de un oyente comprensivo”. 

Leyendo estas líneas ninguno pensaría que están sacadas de un libro de Stephen King que va de un grupos de críos en búsqueda de un cadáver, pero bueno es Stephen King, ¿qué esperábais, una novela rosa?

Pero sí que es cierto que cuando las leí, no pensé en la trama del libro. Pensé en la trama de mi vida. Y seguramente vosotros también habréis pensado en alguna situación de vuestra vida, algún secreto “inconfesable” que guardáis en lo más hondo de vuestro ser y disfrazáis con el silencio más profundo. No me refiero a secretos del tipo “sí, yo fui la que atascó el váter de la peña aquel año!” ni “sí, yo fui la que rayó el espejo porque se me fue la cabeza y lo limpié con un estropajo!”. Vosotros me entendéis.

Estoy segura que después de leer esas líneas y haberos sentido violados literariamente, habréis intentado recordar las veces que habéis intentado desprenderos de esos secretos, contándolos. Aunque seguramente, la mayoría de esos secretos siguen viviendo dentro de vosotros. Porque cuando se cuentan, mueren. Cuando confiesas algo, le quitas el alcohol. Lo destilas. Deja de ser tan importante. La nube utópica que había dentro de tu cabeza se desinfla a medida que va saliendo de tu boca y te das cuenta que lo estás condenando a morir. A pesar de que has leído decenas, ¡cientos! de libros y se supone que tienes un vocabulario prolífico y variado, no puedes explicar con palabras lo que guardas dentro de ti. Es imposible.

Por eso a veces es mejor callar y seguir muriendo de gozo en cada aliento. Gritar con los ojos y ahogarte en silencio. Que sólo tú sepas el porqué de tus sonrisas.Que siga siendo tequila, sin destilar.

El infierno de ponerte malo fuera de tu casa.

Cuando sales a estudiar, el mundo de repente es muy grande. Los primeros días, semanas e incluso meses, si no tienes mucho arte en la cocina, tienes que vivir a base de macarrones con atún, por eso la ropa empieza a hacerse cada vez más pequeña (tú nunca engordas, es la ropa). También aprendes a hacer las cosas tú sólo (intentas hacer de manitas, aunque luego dejes la lavadora peor de lo que estaba; aprendes a orientarte, aunque luego te salgan pupas en los talones de andar durante horas para llegar a ninguna parte….) En fin, una serie de cosas de las que creo que ya hablé en otro post.

Pero lo que es verdaderamente horrible de hacer cuando estás fuera de tu casa, es ir al médico. Y más si estás en otra comunidad. El primer problema es que no tienes tarjeta sanitaria de la comunidad. Y a propósito de esto, voy a contar mi experiencia de hoy en Murcia.

Todo comienza en una cola, que en España ahora están muy de moda: la cola del paro, la cola del médico, la cola de los aeropuertos para salir del país… Después de esperar pacientemente tu turno, le explicas a la señora recepcionista lo que te ocurre: que no eres de la comunidad, que te encuentras mal y necesitas ir al médico, etecé. A medida que vas hablando; ojerosa, tosiendo a cada frase, probablemente con fiebre y con dolor en la garganta a cada palabra, estudias la mirada de tu receptor. La mirada de esta receptora era de “me estoy pasando por el forro lo que me estás diciendo”. Y cuando terminas de hablar, ella te dice:

  • (Secretaria estúpida) – Ya pero sin tarjeta no puedes pedir hora.
  • (Simpática Sara) – Te acabo de decir que no tengo tarjeta, que no soy de aquí y me encuentro fatal, ¿no puedo ir a Urgencias?.
  • (Secretaria Estúpida) – No.
  • (Simpática Sara) – ¿A URGENCIAS HAY QUE LLEVAR TARJETA?
  • (Secretaria Estúpida) – Pásate mañana de 9 a 11 a que te hagan la tarjeta y luego podrás pedir hora.
  • (Simpática Sara) – ¿En serio no hay ninguna posibilidad de que me vea alguien hoy y me recete algo?
  • (Secretaria Estúpida) – Pásate mañana.

Flipante. Esta señora se merecía un aplauso. En la cara. Con una silla. “Ésta seguro que me tiene retintín por ser de Albacete porque nos separamos de Murcia.” pienso, en un ataque de estos de los que tiene Artur Mas por las noches. Cuando ya ves que por mucho más que hables la Secretaria Estúpida va a pasar de tu cara y a no ser que estés echando sangre por la boca o te cortes una pierna delante de ella no va a dar su brazo a torcer, te das la vuelta con elegancia, resignada, sin ni siquiera decir adiós (esa señora no se merecía un adiós. Y no le deseo a nadie lo peor, pero ojalá y mañana cuando se levante de la cama se pegue con el dedo pequeño del pie con la pata de la mesita). Empiezas a caminar por el pasillo dirigiéndote a la puerta, te pones tus gafas de sol para salir de allí con toda la clase posible, más abatida que la Pantoja a punto de entrar en la cárcel y llamas a tu madre para desahogarte y contarle tu indignación (Sí, qué pasa!). Pero encima, después de todo, ¡va y te echa la bronca!: “TE DIJE QUE FUERAS AL MÉDICO AQUÍ! Y NO ME HICISTE CASO! SI ES QUE ESO TE PASA POR CABEZONA! MIÁ SI VOLARAS!! PA DARTE ALGO ALLÍ!! AHORA TE AGUANTAS! Y MAÑANA VAS AL MÉDICO! Y LE DICES A ALGUNA QUE TE ACOMPAÑE! NO VAYA A SER TE DE UN MAREO O ALGO! QUE NO PASA NADA PORQUE TE AYUDEN! QUE NO TE DEJAS QUERER!!”

Y después de escuchar pacientemente todo lo que tu santa madre tiene que decir, levantas la vista al cielo y clamas: “PORCA MISERIA… QUÉ HE HECHO YO PARA MERECER ESTO?!”. Y acabas pensando por dentro: “si es que en el fondo tiene razón… SIEMPRE la tiene.”

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