Despropósitos de Año Nuevo.

La Navidad es esa época del año que unos aman y otros odian. Nos guste o no, es el mes de las falsas apariencias, las simpatías extremas y el dar besos a gente que hacía tiempo que no veías (algunos que incluso no te caen bien). Que no creo yo que haya necesidad de tanto beso, pero te tienes que callar y darlos, porque si no eres una estúpida. Las Navidades son puro postureo y El Gordo no nos ha tocado, “pero tenemos salud que es lo importante”. En las comidas y cenas familiares las mismas preguntas, la ausencia de aquella sonrisa y las resacas del día después.

Un año más a las espaldas. 365 días tachados y un montón de recuerdos. Gente que ya no está, gente que sigue estando pero un poco más lejos y gente nueva a la que tuviste que hacer un hueco porque de alguna forma u otra, te marcaron. Gente que llegó para desordenarte por dentro y se fue sin avisar. Adiós. Gente que llegó de repente y te curó el frío de cuatro inviernos. Hola. Y además de gente, cosas. Cosas que te hicieron sonreír y otras que te hicieron llorar. Otras que ni fú ni fa, porque te dieron igual. Cosas que hiciste que no deberías haber hecho y cosas que te quedaste con las ganas de hacer. Palabras que dijiste que no tenías que haber dicho, y palabras que te quedaste sin decir por miedo a.

No sé si vosotros lo hacéis, pero la última noche del año, yo guardo un momento para hacer el balance de un año que ha sido y nunca más volverá a ser. Para dar un repaso a ese libro de 365 páginas. Ese momento lo guardo en la cocina, mientras le quito las pepitas a las uvas (llamadme delicada pero un año me atraganté y no quiero volver a pasar por lo mismo). Me gusta hacerlo en silencio. No silencio extremo, porque de fondo tengo las risas de los que siempre están ahí, el sonido de alguna botella descorchándose y en el televisor, en directo la Plaza del Sol. Entonces hago el examen de conciencia, ese en el que nadie te examina. A solas contigo mismo, aunque tengas gente alrededor. El examen de un año de tu vida en el que el único juez eres tú mismo. En ese momento también tienes que hacer esa lista de propósitos mentales para el año siguiente… esos que no cumpliremos y nos volverán a hacernos sentir culpables, inevitablemente frustrados. Siempre son los mismos: aprender un nuevo idioma, ponerse en forma, dejar de fumar… hay gente que hasta pone que quiere encontrar el amor, que yo no sabía que eso se buscaba, pero bueno… hay gente pa tó.

Y siempre llego a la misma conclusión. Se cierra un año del que no hay que arrepentirse de nada. Las palabras, las decisiones, los lugares, las personas… todo ha ocurrido así porque así tenía que ocurrir. Nuestro presente es la consecuencia de nuestro pasado, y nuestro futuro se construye con las causas de nuestro presente (uy qué filosófico me ha quedado). Somos dueños de nuestro destino, pero hay cosas que no están en nuestras manos. No somos señores de las circunstancias. No hay que perder demasiado tiempo pensando en el ayer, en el “qué habría pasado sí”, porque de esa manera perdemos oportunidad de disfrutar el hoy. ¿Y respecto a esa lista de propósitos? Yo ya no fabrico esa lista. Se supone que los propósitos son cosas que quieres, pero ¿lo tenéis claro vosotros?. Qué presión más innecesaria. Si no sé ni lo que voy a comer mañana, ¿cómo voy a tener claro lo que quiero hacer éste año…? Lo que sí tengo claro es lo que no quiero en la vida. Mis despropósitos.

Pero esos me los guardo para cuando sean casi las doce, mientras deshueso las uvas en la cocina, a solas conmigo misma, con el ruido de los que siempre están. En silencio. Pero de esos que gritas por dentro.

Feliz Año. Salud, suerte y sonrisas.

nochevieja

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Mujeres extraordinarias.

Tú, que tienes el valor de sonreír cuando por dentro estás gritando.

Y tú que no lo haces, porque no disfrazas la pena pero la callas.

Tú, que dices: “estoy tirada en el fango, pero me voy a levantar”.

Tú, que has resistido las sacudidas, que has tropezado, que has caído, que te has pegado la ostia… y aún así, lo vuelves a intentar.

Tú, que te has atrevido a llorar y no has buscado refugio en ningún abrazo.

Pero también tú, que lo has buscado y te has dejado ayudar.

Tú, que te atreves a dejarte querer.

Y tú que no te atreves, déjate.

Pero si no te dejas, tú también eres extraordinaria.

Tú, que tienes el valor de abrir el corazón sin temor a que te lo vuelvan a destrozar.

Y tú que no lo abres, porque algún idiota no lo supo cuidar.

Tú, que tienes la paciencia de escuchar antes de explotar a hablar.

Y tú, que explotas porque no puedes más. Porque eres así. Porque en ocasiones es bueno explotar. A veces es necesario.

Tú que explotas siempre, también eres extraordinaria. Porque eres auténtica.

Tú, que miras a los ojos a quien susurra a tus espaldas.

Y tú que no los miras; mírales. Porque siempre quien más habla, es quien más tiene que callar.

Tú, que tienes el valor de amar sin que te importen las miradas de la gente que señala.

Tú, que no te importa lo que digan.

Tú, que eres valiente. Porque el mundo es de los valientes.

Tú, que eres madre. Tú que eres hermana. Tú que eres amiga. Tú que eres conocida. Tú que eres desconocida. Tú que estás cerca. Tú que estás lejos. Tú que es plural.

Tú, que has podido siempre. Tú porque podrás otra vez. Tú que no estás sola.

Mujer, tenés que poder.

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