Pastillas de velocidad.

Se montaron deprisa en el coche, esperando así escapar al frío invernal que mantenía heladas las calles. El portazo fue tan fuerte que se escuchó varias manzanas a la redonda. El silencio de la calle se trasladó al interior del coche. Tan sólo las respiraciones entrecortadas por el frío. Un vacío que cortaba más que el propio frío.

Los dientes les seguían castañeando. Insomnia miró de reojo el termómetro de la guantera. Seguramente el termómetro no pasaría de los cero grados, pero lamentablemente estaba averiado, desde septiembre sólo marcaba 15ºC, que eran los que tenían que hacer aquella noche de verbena y luces, y se sonrió al comprobar que aún no había perdido la costumbre de mirarlo, aunque no sirviera para nada. Con una vuelta de llave, el motor empezó a rugir, y después de varios intentos, empezaron a moverse. 

Oniria nunca rompía el silencio por miedo a romper otra cosa. A veces, es que simplemente no pensaba en nada. No sabía si eso la hacía más estúpida o más inteligente, pero tampoco le importaba demasiado. Le tranquilizó el coche en movimiento, deslizarse sobre el pavimento cada vez más rápido. Cuanto más deprisa iban, más difícil era identificar las sensaciones. La adrenalina disfrazaba el miedo.

Insomnia decía que ya no tenía miedo, pero quizás no fuera del todo cierto. Oniria tenía miedo de sí misma. Tantos miedos tenían y tanto se callaban, que no fueron conscientes de que el coche iba cada vez más deprisa. La aguja que marcaba la velocidad se movía peligrosamente hacia la derecha.  A Oniria le dio por sonreír. En ese momento, a esa velocidad, lo correcto, lo sensato habría sido detener a Insomnia, un “¡PARA!” a voz en grito hubiera sido suficiente. Pero Oniria no gritaba. Nunca le gritaría. Insomnia ya había escuchado muchos gritos antes. Y no sería ella la que le volviera a recordar lo que era un grito. Así que no dijo nada, como siempre. Se limitaba a sonreír.

En ese momento, a esa velocidad, se sentía segura con Insomnia. Los kilómetros por hora, las ruedas arañando el asfalto, como se araña una espalda cuando llevas encima una botella de vino, los árboles pasando peligrosamente por la ventana, como pasan las hojas de un libro que lees sin prestar atención, la luna sobre el coche y el frío que congelaba las ramas de los pinos que se estremecían ahí afuera, en la noche oscura.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s