Los domingos son para las chicas que se quedan en pijama en casa.

El cielo era desesperadamente azul, y ni una nube gris que sirviera como excusa para no salir de casa. Pero era domingo, día oficial de la nostalgia y en la televisión volverían a echar esas odiosas películas de sobremesa que tanto le gustaban. Horribles películas maravillosas. Toda una contradicción. Se podría decir que Greta en sí misma era una contradicción. “Rara de cojones”, diría su último error. Pero ella no pensaba que fuera tan rara. Quizás un poco peculiar, sólo eso. Por lo demás era una chica normal, con el pelo enredado y las piernas muy largas. Era, como cualquier ser humano, un cuadro de desgracias, pero sólo quien la conocía de verdad sabía que tenía tantos trozos rotos dentro, que podrías formar un puzzle con ellos y te sobrarían piezas.

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À bout de souffle.

Patricia: Hay algo en ti que me gusta pero no sé que es… Me gustaría que fuésemos como Romeo y Julieta.

Michel: ¡Eso es de niñas!

Patricia: ¿Ves? En el coche dijiste que no podías vivir sin mí. ¡Pero sí puedes!. Romeo no podía vivir sin Julieta, pero tú sí.

Michel: No, no puedo vivir sin ti.

Patricia: ¡Eso es de niños!

Michel: Sonríeme, cuento hasta ocho. Si hasta entonces no has sonreído, te estrangulo. Dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Siete y medio. Siete y tres cuartos… eres una cobarde, ¿lo sabes?

Patricia: Hoy no tengo ganas de jugar.

Michel: Una pena, eres cobarde.

Patricia: ¿Por qué dices eso?

Michel: ¡Me enervas!

Patricia: Y tú. Pero no soy cobarde. ¿Cómo sabes que tengo miedo?

Michel: Una mujer que dice que todo va bien y no puede encender un cigarrillo, tiene miedo de algo. No sé de qué, pero tiene miedo.

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