Huckleberry Finn

reading

(Capítulo 16)

“Jim decía que el estar tan cerca de la libertad le hacía temblar y sentirse febril. Bueno, yo puedo decir que a mí también me hacía temblar y sentir fiebre el escucharlo, porque empezaba a darme cuenta de que era casi libre, y, ¿quién tenía la culpa? Pues yo. No podía quitarme aquello de la conciencia, hiciera lo que hiciese. Me preocupaba tanto que no podía descansar; no me podía quedar tranquilo en un sitio. Hasta entonces nunca me había dado cuenta de lo que estaba haciendo. Pero ahora sí, y no paraba de pensarlo y cada vez me irritaba más. Traté de convencerme de que no era culpa mía porque no era yo quien había hecho a Jim escaparse de su legítima propietaria, pero no valía de nada, porque la conciencia volvía y decía cada vez: «Pero sabías que huía en busca de la libertad y podías haber ido a remo a la costa y habérselo dicho a alguien». Era verdad: aquello no había forma de negarlo. Ahí me dolía. La conciencia me decía: «¿Qué te había hecho la pobre señorita Watson para que vieras a su negro escaparse delante mismo de ti y no dijeras ni una sola palabra? ¿Qué te había hecho aquella pobre anciana para tratarla tan mal? Pues había tratado de que te aprendieras tu libro, había tratado de enseñarte modales, había tratado de que fueras bueno por todos los medios que ella conocía. Eso es lo que había hecho».

Me sentí tan mal y tan desgraciado que casi deseaba haberme muerto. Me paseé arriba y abajo de la balsa, insultándome para mis adentros, y Jim se paseaba arriba y abajo frente a mí. Ninguno de los dos podía quedarse quieto. Cada vez que él pegaba un salto y decía: «¡Eso es El Cairo!» era como si me pegaran un tiro, y pensaba que si era El Cairo, me iba a morir del horror.
Jim hablaba en voz alta todo el tiempo mientras que yo hablaba solo. Según él, lo primero que haría cuando llegase a un estado libre sería ahorrar dinero y no gastarse ni un centavo, y cuando tuviera bastante compraría a su mujer, que era esclava en una granja cerca de donde vivía la señorita Watson, y después trabajarían los dos para comprar a sus dos hijos, y si el dueño de éstos no los quería vender, conseguirían que un abolicionista fuera a robarlos.
Al oír aquellas cosas casi se me helaba la sangre. Antes jamás se habría atrevido a decir todo aquello. Así era como había cambiado en cuanto pensó que casi era libre. Es lo que dice el dicho: «Dale a un negro la mano y se toma el codo». Yo pensaba: «Esto es lo que me pasa por no pensar». Ahí estaba aquel negro, al que prácticamente había ayudado yo a escaparse, que decía con toda la cara que iba a robar a sus hijos: unos niños que pertenecían a un hombre a quien yo ni siquiera conocía; un hombre que nunca me había hecho ningún daño.
Lamentaba oírle aquello, porque se rebajaba. Mi conciencia me empezó a doler más que nunca hasta que por fin le dije: «Déjame en paz… todavía no es demasiado tarde; en cuanto se haga de día voy a tierra y lo digo». Inmediatamente me sentí tranquilo y feliz y ligero como una pluma. Habían desaparecido todos mis problemas. Volví a mirar muy atentamente si había una luz, canturreando para mis adentros. Al cabo de un rato se vio una. Jim gritó:
– ¡Estamos a salvo, Huck, estamos a salvo! ¡Levántate y salta de alegría! ¡Por fin es El Cairo, estoy seguro!
Y yo voy y digo:
– Bien, voy a ir a ver con la canoa. Ya sabes, a lo mejor no es.
De un salto preparó la canoa y puso en el fondo su viejo capote para que me sentara en él, me dio el remo y cuando salí me dice:
– Dentro de poco estaré gritando de alegría y diré que todo es gracias a Huck; soy un hombre libre y nunca lo habría podido ser de no haber sido por Huck; ha sido Huck. Jim no lo olvidará nunca, Huck; eres el mejor amigo que ha tenido Jim en su vida y eres el único amigo que tiene ahora el viejo Jim.
Yo iba remando a toda prisa para delatarlo; pero cuando dijo aquello pareció que me quitase todas las fuerzas. Empecé a ir más lento y no estaba muy seguro de sentirme tan contento de haberme puesto en marcha. Cuando estaba a quinientas yardas, Jim va y dice:
– Ahí va mi fiel Huck; el único caballero blanco que ha cumplido sus promesas al viejo Jim.
Bueno, casi me pongo malo. Pero me dije: «Tengo que hacerlo; no puedo dejar de hacerlo». Justo entonces apareció un bote con dos hombres que llevaban escopetas y se pararon, y también yo. Uno de ellos va y dice:
– ¿Qué es eso de ahí?
– Pues una balsa –contesté.
– ¿Vas tú en ella?
– Sí, señor.
– ¿Y van hombres en ella?
– Sólo uno, caballero.
– Bueno, pues hay cinco negros que se escaparon esta noche de allá arriba, donde está la curva. Tu hombre, ¿es blanco o negro?
No respondí inmediatamente. Lo intenté, pero no me salían las palabras. Traté un segundo o dos de hacer fuerzas y decirlo, pero no fui lo bastante hombre: estuve más cobarde que un conejo. Vi que no tenía fuerzas, así que dejé de intentarlo, y voy y digo:
– Es blanco.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s