À bout de souffle.

Patricia: Hay algo en ti que me gusta pero no sé que es… Me gustaría que fuésemos como Romeo y Julieta.

Michel: ¡Eso es de niñas!

Patricia: ¿Ves? En el coche dijiste que no podías vivir sin mí. ¡Pero sí puedes!. Romeo no podía vivir sin Julieta, pero tú sí.

Michel: No, no puedo vivir sin ti.

Patricia: ¡Eso es de niños!

Michel: Sonríeme, cuento hasta ocho. Si hasta entonces no has sonreído, te estrangulo. Dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Siete y medio. Siete y tres cuartos… eres una cobarde, ¿lo sabes?

Patricia: Hoy no tengo ganas de jugar.

Michel: Una pena, eres cobarde.

Patricia: ¿Por qué dices eso?

Michel: ¡Me enervas!

Patricia: Y tú. Pero no soy cobarde. ¿Cómo sabes que tengo miedo?

Michel: Una mujer que dice que todo va bien y no puede encender un cigarrillo, tiene miedo de algo. No sé de qué, pero tiene miedo.

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Pastillas de velocidad.

Se montaron deprisa en el coche, esperando así escapar al frío invernal que mantenía heladas las calles. El portazo fue tan fuerte que se escuchó varias manzanas a la redonda. El silencio de la calle se trasladó al interior del coche. Tan sólo las respiraciones entrecortadas por el frío. Un vacío que cortaba más que el propio frío.

Los dientes les seguían castañeando. Insomnia miró de reojo el termómetro de la guantera. Seguramente el termómetro no pasaría de los cero grados, pero lamentablemente estaba averiado, desde septiembre sólo marcaba 15ºC, que eran los que tenían que hacer aquella noche de verbena y luces, y se sonrió al comprobar que aún no había perdido la costumbre de mirarlo, aunque no sirviera para nada. Con una vuelta de llave, el motor empezó a rugir, y después de varios intentos, empezaron a moverse. 

Oniria nunca rompía el silencio por miedo a romper otra cosa. A veces, es que simplemente no pensaba en nada. No sabía si eso la hacía más estúpida o más inteligente, pero tampoco le importaba demasiado. Le tranquilizó el coche en movimiento, deslizarse sobre el pavimento cada vez más rápido. Cuanto más deprisa iban, más difícil era identificar las sensaciones. La adrenalina disfrazaba el miedo.

Insomnia decía que ya no tenía miedo, pero quizás no fuera del todo cierto. Oniria tenía miedo de sí misma. Tantos miedos tenían y tanto se callaban, que no fueron conscientes de que el coche iba cada vez más deprisa. La aguja que marcaba la velocidad se movía peligrosamente hacia la derecha.  A Oniria le dio por sonreír. En ese momento, a esa velocidad, lo correcto, lo sensato habría sido detener a Insomnia, un “¡PARA!” a voz en grito hubiera sido suficiente. Pero Oniria no gritaba. Nunca le gritaría. Insomnia ya había escuchado muchos gritos antes. Y no sería ella la que le volviera a recordar lo que era un grito. Así que no dijo nada, como siempre. Se limitaba a sonreír.

En ese momento, a esa velocidad, se sentía segura con Insomnia. Los kilómetros por hora, las ruedas arañando el asfalto, como se araña una espalda cuando llevas encima una botella de vino, los árboles pasando peligrosamente por la ventana, como pasan las hojas de un libro que lees sin prestar atención, la luna sobre el coche y el frío que congelaba las ramas de los pinos que se estremecían ahí afuera, en la noche oscura.

Despropósitos de Año Nuevo.

La Navidad es esa época del año que unos aman y otros odian. Nos guste o no, es el mes de las falsas apariencias, las simpatías extremas y el dar besos a gente que hacía tiempo que no veías (algunos que incluso no te caen bien). Que no creo yo que haya necesidad de tanto beso, pero te tienes que callar y darlos, porque si no eres una estúpida. Las Navidades son puro postureo y El Gordo no nos ha tocado, “pero tenemos salud que es lo importante”. En las comidas y cenas familiares las mismas preguntas, la ausencia de aquella sonrisa y las resacas del día después.

Un año más a las espaldas. 365 días tachados y un montón de recuerdos. Gente que ya no está, gente que sigue estando pero un poco más lejos y gente nueva a la que tuviste que hacer un hueco porque de alguna forma u otra, te marcaron. Gente que llegó para desordenarte por dentro y se fue sin avisar. Adiós. Gente que llegó de repente y te curó el frío de cuatro inviernos. Hola. Y además de gente, cosas. Cosas que te hicieron sonreír y otras que te hicieron llorar. Otras que ni fú ni fa, porque te dieron igual. Cosas que hiciste que no deberías haber hecho y cosas que te quedaste con las ganas de hacer. Palabras que dijiste que no tenías que haber dicho, y palabras que te quedaste sin decir por miedo a.

No sé si vosotros lo hacéis, pero la última noche del año, yo guardo un momento para hacer el balance de un año que ha sido y nunca más volverá a ser. Para dar un repaso a ese libro de 365 páginas. Ese momento lo guardo en la cocina, mientras le quito las pepitas a las uvas (llamadme delicada pero un año me atraganté y no quiero volver a pasar por lo mismo). Me gusta hacerlo en silencio. No silencio extremo, porque de fondo tengo las risas de los que siempre están ahí, el sonido de alguna botella descorchándose y en el televisor, en directo la Plaza del Sol. Entonces hago el examen de conciencia, ese en el que nadie te examina. A solas contigo mismo, aunque tengas gente alrededor. El examen de un año de tu vida en el que el único juez eres tú mismo. En ese momento también tienes que hacer esa lista de propósitos mentales para el año siguiente… esos que no cumpliremos y nos volverán a hacernos sentir culpables, inevitablemente frustrados. Siempre son los mismos: aprender un nuevo idioma, ponerse en forma, dejar de fumar… hay gente que hasta pone que quiere encontrar el amor, que yo no sabía que eso se buscaba, pero bueno… hay gente pa tó.

Y siempre llego a la misma conclusión. Se cierra un año del que no hay que arrepentirse de nada. Las palabras, las decisiones, los lugares, las personas… todo ha ocurrido así porque así tenía que ocurrir. Nuestro presente es la consecuencia de nuestro pasado, y nuestro futuro se construye con las causas de nuestro presente (uy qué filosófico me ha quedado). Somos dueños de nuestro destino, pero hay cosas que no están en nuestras manos. No somos señores de las circunstancias. No hay que perder demasiado tiempo pensando en el ayer, en el “qué habría pasado sí”, porque de esa manera perdemos oportunidad de disfrutar el hoy. ¿Y respecto a esa lista de propósitos? Yo ya no fabrico esa lista. Se supone que los propósitos son cosas que quieres, pero ¿lo tenéis claro vosotros?. Qué presión más innecesaria. Si no sé ni lo que voy a comer mañana, ¿cómo voy a tener claro lo que quiero hacer éste año…? Lo que sí tengo claro es lo que no quiero en la vida. Mis despropósitos.

Pero esos me los guardo para cuando sean casi las doce, mientras deshueso las uvas en la cocina, a solas conmigo misma, con el ruido de los que siempre están. En silencio. Pero de esos que gritas por dentro.

Feliz Año. Salud, suerte y sonrisas.

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Mujeres extraordinarias.

Tú, que tienes el valor de sonreír cuando por dentro estás gritando.

Y tú que no lo haces, porque no disfrazas la pena pero la callas.

Tú, que dices: “estoy tirada en el fango, pero me voy a levantar”.

Tú, que has resistido las sacudidas, que has tropezado, que has caído, que te has pegado la ostia… y aún así, lo vuelves a intentar.

Tú, que te has atrevido a llorar y no has buscado refugio en ningún abrazo.

Pero también tú, que lo has buscado y te has dejado ayudar.

Tú, que te atreves a dejarte querer.

Y tú que no te atreves, déjate.

Pero si no te dejas, tú también eres extraordinaria.

Tú, que tienes el valor de abrir el corazón sin temor a que te lo vuelvan a destrozar.

Y tú que no lo abres, porque algún idiota no lo supo cuidar.

Tú, que tienes la paciencia de escuchar antes de explotar a hablar.

Y tú, que explotas porque no puedes más. Porque eres así. Porque en ocasiones es bueno explotar. A veces es necesario.

Tú que explotas siempre, también eres extraordinaria. Porque eres auténtica.

Tú, que miras a los ojos a quien susurra a tus espaldas.

Y tú que no los miras; mírales. Porque siempre quien más habla, es quien más tiene que callar.

Tú, que tienes el valor de amar sin que te importen las miradas de la gente que señala.

Tú, que no te importa lo que digan.

Tú, que eres valiente. Porque el mundo es de los valientes.

Tú, que eres madre. Tú que eres hermana. Tú que eres amiga. Tú que eres conocida. Tú que eres desconocida. Tú que estás cerca. Tú que estás lejos. Tú que es plural.

Tú, que has podido siempre. Tú porque podrás otra vez. Tú que no estás sola.

Mujer, tenés que poder.

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El Black Friday y otras ameritontadas.

Últimamente se ha puesto muy de moda celebrar las mismas cosas que en el país de las hamburguesas, aunque no tengamos ni idea de porqué ni cómo se celebran. Así que ahora Papá Noel viene todos los 25 de diciembre, nuestras calles se llenan de brujas y zombies en Halloween y ahora nos hemos apuntado a eso del Black Friday (“Viernes Negro”. Lo sé, queda mejor en inglés porque en español parece una tragedia de las páginas de historia).

El Black Friday, en Norteamérica es el día después de Acción de Gracias (Thanksgiving Day). Y ¿qué es el Día de Acción de Gracias? Hoy día es uno de los días más importantes del año para los estadounidenses; todos hemos visto en las películas cómo se reúnen las familias y cenan un pavo asado que parece que lo han modificado genéticamente para tener ese monstruoso tamaño, pero ¿qué celebran éste día? Para saberlo debemos remontarnos hasta el siglo XVII, con la llegada de los primeros colonos ingleses a territorio americano. En 1620, el Mayflower, un barco cargado de peregrinos ingleses llegó a Plymouth (Massachusetts). Los recién llegados venían con la esperanza de obtener riquezas, con el ansia de libertad y la creación de una nueva sociedad en el nuevo mundo a imagen y semejanza de la utopía de Tomás Moro. Escapaban de las injusticias sociales y la intolerancia religiosa (angelicos… si aquellos soñadores vieran su proyecto hoy en día).

Aquel primer año fue bastante duro. Por suerte, los ingleses recibieron la ayuda de los nativos de la zona, que les enseñaron a cazar y compartieron sus conocimientos sobre las cosechas del lugar. Al año siguiente, para celebrar que habían logrado sobrevivir aquel arduo invierno y como agradecimiento a los nativos, los peregrinos ingleses organizaron un gran festejo que duró varios días (luego a los colonos les entraría el ansia de expansionarse y empezarían a matar a los nativos como si no hubiera mañana, pero eso ya es otra historia). Aquel sería el Primer Día de Acción de Gracias, aunque la festividad no se hizo oficial hasta más de un siglo más tarde, durante la presidencia de George Washington, uno de los padres de la Constitución Norteamericana.

Pues el Black Friday es el día siguiente de Acción de Gracias, día que inaugura oficialmente la Navidad y por consiguiente, el período de compras navideña. Y como en España, los centros comerciales han visto que pueden sacar tajada de todo esto, pues han considerado buena idea importar una tradición más que no tiene que ver lo más mínimo ni con nosotros, ni con nuestro pasado ni con nuestras costumbres, pero sirve como excusa para gastar dinero. Que hay que abrirse y ponerse el contacto con todas las culturas y todas esas historias que nos permite la globalización, pero que lo mismo también podíamos dejar de importar fiestas y exportar cerebros. No sé, posiblemente nos iría mejor.

"Freedom From Want" (Norman Rockwell, 1943)

Cosas de madres.

Sobre ellas se podrían escribir ríos de tinta, un universo de libros y un trillón de anécdotas. Pero yo he decidido resumir los puntos en un análisis que a mi juicio, me parecen más fascinantes, por ser características compartidas por muchas madres. No es que sea un estudio de esos que hacen en la Universidad de Wichita, que ahora está muy de moda decir que lo que dices es verdad porque lo ha dicho una universidad de Estados Unidos, pero bueno, también es válido.

  • No hay madre comunista con respecto a sus hijos. Somos propiedad suya. Esto es así y no podemos hacer nada por cambiarlo. En algunos casos, cuando hablan con otras madres, dicen tu nombre siempre precedido por el pronombre “Mi”. (por ejemplo: “Pues mi Sara no viene este fin de semana”, “se lo tengo que preguntar a mi Alejandro”).
  • Los interrogatorios del CSI se quedan en mantilla en comparación con el tercer grado al que te someten cuando vas a salir. Este tipo de actitud lo explotan durante la adolescencia, pero os aseguro que con 24 años, también te las hacen: “¿Vas a salir?” (aunque te vean vestida, poniéndote el abrigo y abriendo la puerta). “¿Con quién sales?” (te dan ganas de responder que con terroristas, pero te aguantas la tentación de ser una borde), “¿dónde vais a ir?” , “¿Llevas las llaves?”, “¿Cuándo vas a venir?”, “¿porqué en la Luna hay menor gravedad?”, “¿a qué huelen las nubes?” En definitiva, un millón de preguntas que ni Carlos Sobera en el 50×15, y llega un momento en el que te agobias, te dan ganas de abrir la puerta y gritar: “ME ACOJO A LA QUINTA ENMIENDA!” y salir corriendo.
  • Se toman como algo personal que no te acabes el plato de comida. Aunque hayas comido como si fuera tu último día en la tierra. Si no quieres tener problemas, más vale que rebañes el plato, porque como te dejes una mísera patata… ellas se limitan a entornar los ojos, te miran de reojo y dicen con retintín: “tanto decirme: tengo ganas de lomo relleno y te dejas la mitad del plato…” Porque por si no lo sabíais, el retintín es un recurso lingüístico que nos enseñan subconscientemente las madres. En él se combinan de forma magistral la ironía, el sarcasmo y el enfado. El retintín, esas sutiles pullas que se lanzan para intentar decir que estás cabreado sin decirlo directamente y hacer sentir culpable a la otra persona. Se pueden escribir tesis doctorales sobre esto.
  • Cuando sales del pueblo, ya sea a estudiar o trabajar y vives en un piso, te cargan de tuppers de comida porque “a saber lo que comer por ahí!”. A lo mejor piensan que donde vamos a estudiar no existen los supermercados, o que cuando vayas a hacerte un huevo frito al encender el fuego explote la cocina, o yo que sé qué cosas se les pasarán a las pobres mujeres por la cabeza. Ah, y cuando vuelvas, más te vale que traigas los tuppers. No entiendo muy bien esa obsesión por estos recipientes de plástico, pero puede llegar a ser enfermiza.
  • No se fían de las fundas nórdicas. Cuando vuelves al pueblo te encuentras tu cama con tus cuatro o cinco mantas y sus sábanas de franela y antes de irte a dormir te despides de toda tu familia por si no vuelves a despertar y tu cama se convierte en tu tumba. Porque no hay cuerpo humano que soporte esos siete kilos de mantas.
  • Los cómics de Marvel están inspirados en ellas. Tienen superpoderes, como el de encontrar las cosas que llevas tres horas buscando. Pero también tienen muy desarrollados los sentidos. Sobre todo el del oído. Es escuchar el crepitar de un vaso haciéndose añicos en el suelo, que de repente se hace un silencio y se escucha un grito a lo lejos: “QUÉ HA SÍO ESO?!?”. A mi por ejemplo me pasa mucho con el mando de la televisión. Hay una conspiración del universo para que siempre se me caiga el mando. Y no creáis que se cae al suelo y ya está. El mando de la tele es uno de esos aparatos malignos que cuando se cae hace un ruido del copón; se le salen las pilas, una acaba debajo del sillón y otra a algún rincón inaccesible del salón debajo de algún mueble. Y entonces, lo escuchas. Esa dulce voz en grito, ese estufido cabreado de madre.
  • Ya que hablamos de mandos, también es espectacular la doble capacidad que tienen de dormir y a la vez, controlar el canal de televisión que hay puesto. Puedes lograr arrebatarles el mando, pero una vez pulsas el botón y cambias de canal, estás perdido.
  • Nunca te van a ver feo, ni gordo. Siempre vas guapo. Aunque lleves puesto un chándal de los que te pones para ir a coger oliva, con lamparones de pintura, ¡qué más da!.

¡En fin! A su manera, todas las madres se parecen, pero cada una es un mundo. Nunca sabremos cómo son capaces de hacer la tortilla de patatas mejor que nadie y siempre nos gustará que nos cuiden cuando nos ponemos malos. Tengamos 15, 25 o 40 años. Por muy independientes que seamos. Porque ha sido la que más años te ha aguantado, la que más problemas ha tenido que solucionar por ti y la que más te quiere, aunque seas un desastre. Y porque madre… ¡sólo hay una!

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Tequila, sin destilar.

“Las cosas más importantes son siempre las más difíciles de contar. Son cosas de las que uno se avergüenza, porque las palabras las degradan. Al formular de manera verbal algo que mentalmente nos parecía ilimitado, lo reducimos a tamaño natural. Claro que eso no es todo, ¿verdad? Todo aquello que consideramos más importante está siempre demasiado cerca de nuestros sentimientos y deseos más recónditos, como marcas hacia un tesoro que los enemigos ansiaran robarnos. Y a veces hacemos revelaciones de este tipo y nos encontramos con la mirada extrañada de la gente que no entiende en absoluto lo que hemos contado, ni porqué nos puede parecer tan importante como para que casi se nos quiebre la voz al contarlo. Creo que eso es precisamente lo peor. Que el secreto lo siga siendo, no por falta de un narrador, sino por falta de un oyente comprensivo”. 

Leyendo estas líneas ninguno pensaría que están sacadas de un libro de Stephen King que va de un grupos de críos en búsqueda de un cadáver, pero bueno es Stephen King, ¿qué esperábais, una novela rosa?

Pero sí que es cierto que cuando las leí, no pensé en la trama del libro. Pensé en la trama de mi vida. Y seguramente vosotros también habréis pensado en alguna situación de vuestra vida, algún secreto “inconfesable” que guardáis en lo más hondo de vuestro ser y disfrazáis con el silencio más profundo. No me refiero a secretos del tipo “sí, yo fui la que atascó el váter de la peña aquel año!” ni “sí, yo fui la que rayó el espejo porque se me fue la cabeza y lo limpié con un estropajo!”. Vosotros me entendéis.

Estoy segura que después de leer esas líneas y haberos sentido violados literariamente, habréis intentado recordar las veces que habéis intentado desprenderos de esos secretos, contándolos. Aunque seguramente, la mayoría de esos secretos siguen viviendo dentro de vosotros. Porque cuando se cuentan, mueren. Cuando confiesas algo, le quitas el alcohol. Lo destilas. Deja de ser tan importante. La nube utópica que había dentro de tu cabeza se desinfla a medida que va saliendo de tu boca y te das cuenta que lo estás condenando a morir. A pesar de que has leído decenas, ¡cientos! de libros y se supone que tienes un vocabulario prolífico y variado, no puedes explicar con palabras lo que guardas dentro de ti. Es imposible.

Por eso a veces es mejor callar y seguir muriendo de gozo en cada aliento. Gritar con los ojos y ahogarte en silencio. Que sólo tú sepas el porqué de tus sonrisas.Que siga siendo tequila, sin destilar.